domingo, 29 de mayo de 2016

Homilía de monseñor Osoro en el Corpus


 
Este domingo, a las 12 horas, el arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, ha presidido la celebración de la Eucaristía del Corpus Christi en la catedral de Santa María la Real de la Almudena. Por su interés, reproducimos su homilía:
Queridos hermanos:
La fiesta del Corpus Christi surge a mediados del siglo XIII, en el año 1264, en Lieja, y se extiende por voluntad del Papa Urbano IV a la Iglesia universal. Esta celebración litúrgica alcanza su máxima expresión cuando comienza a introducirse la procesión del Santísimo con la participación de todo el pueblo. De tal manera que esta procesión asumió un carácter solemne de manifestación de la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, de adoración pública del Señor.
La presencia de Dios entre nosotros nos ilumina, nos da su Luz. ¡Qué oscura se vuelve la realidad de cada uno de nosotros, de nuestro mundo y de la historia de los hombres cuando retiramos a Dios de ella! Sin Él, el mundo se parece a una caverna sin luz. Cuando dejamos que entre Dios todo queda iluminado de una manera nueva: nos da sus ojos para vernos y ver a los demás, nos da su corazón para hacernos descubrir que nadie sobra, nos da su amor que es la medicina que elimina todo contagio de egoísmo y de tentación de eliminar a quien a mí me parece que sobra. El Evangelio que hemos proclamado nos sitúa en un dinamismo en medio de este mundo nuevo. Frente a la lógica de los hombres, que es la que los discípulos tienen al igual que nosotros y que es normal, ¿cómo dar de comer con tan poco a tanta gente? «No tenemos más que cinco panes y dos peces... porque eran unos cinco mil hombres». Frente a esta lógica está la lógica de Dios, que se nos revela en Jesucristo y que el Señor nos pide que sea la que asumamos: “dadles vosotros de comer: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta... Él tomado los cinco panes y dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente». Lo poco en nuestras manos es poco, lo poco en manos de Dios es mucho.
Asumamos esta lógica de Dios, vivamos desde ella y con ella. El oficio que nos regala el Señor a todos los hombres es vivir una comunión de vida con Él. Cuya máxima expresión la descubrimos en la Eucaristía. Celebrad la Misa. Dejaos hacer por el Señor, su gracia y su fuerza. Alcanza unas dimensiones imprevisibles acoger este mandato del Señor: «Dadles vosotros de comer». Y dadles a todos los hombres que os encontréis en el camino. ¡Qué oficio más hermoso! Asumamos el oficio de ser misericordiosos, de regalar el amor de Dios. No es un oficio descansado, pues hay que ir a todos y hay que dar todo lo que necesitan nuestros hermanos. Pero es el mejor oficio, es entrar en el oficio de la alegría, que lo es de la verdad y de la vida. Sin la presencia del Señor, nuestro mundo es como un hospital sin médicos ni enfermeras, donde todos los padecimientos y enfermedades se multiplican. Observad la historia, mirad a los pueblos a quienes se les ha eliminado la presencia de Dios: la luz y el sol no existen. Por eso le decimos al Señor hoy que deseamos dar salud a nuestro mundo. Le gritamos en este día del Corpus Christi en nuestras calles y aquí ahora, diciéndole: «Danos tu caridad, danos tu amor». Pero no lo guardemos, repartamos ese amor como tú lo haces.
¿Queréis ser dichosos? ¿Queréis hacer el Reino de Dios, que lo es de amor, justicia, verdad y vida? ¿Queréis acoger la misericordia y regalarla? ¿Queréis tener en vuestra vida el arte de las artes? Acoged en vuestra vida a Cristo, al Amor de Cristo, vivid la caridad. Celebrad la Cena del Señor como nos decía san Pablo hace un momento: «Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido... Haced esto en memoria mía». Salir con el Señor hoy por las calles es decir al mundo que el amor de Dios manifestado en Jesucristo realmente presente en la Eucaristía es revolucionario. No hay otra que se necesite más en este mundo. Y no se hace con armas o insultos, ni descartes o poniendo muros. El amor de Dios, su misericordia es revolucionaria y siempre misionera, es contagiosa. Es mucho más que asistencia pública, departamentos de ayuda, servicios sociales. Cristo pasó haciendo el bien por el mundo que era el suyo. Y nos llama a hacer lo mismo sin dejarnos solos. Para ello tenemos que tener un encuentro vivo con Jesucristo. Miradlo. Contemplad su rostro con toda intensidad. Volvamos siempre al Señor. Hacer la revolución de la misericordia es hacer que el rostro de Cristo pueda ser reconocido en aquellos que la ejercen. San Agustín es probablemente entre los Padres quien expresó de forma más precisa y profunda el vínculo que se da entre la Eucaristía y la Iglesia. Quien engendra y genera que el mandamiento del amor sea para los discípulos de Cristo vinculante es la Eucaristía; quienes nos alimentamos de Cristo, hemos de hacer las obras de Cristo y hemos de dar y vivir con el amor de Cristo. Si no vivimos en el amor, si no mostramos el amor de Cristo en obras y palabras, ofendemos la Eucaristía. Es en y desde la Eucaristía donde engendramos un nuevo tipo de relaciones entre los hombres, que nacen de la comunión con Cristo. Y es entonces cuando entendemos las palabras del Señor: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él... El que me come vivirá por mí» (Jn 6, 56-57). La comunión con Nuestro Señor Jesucristo cura heridas, rupturas, enfrentamientos, y nos lleva siempre a buscar el encuentro con el otro. Así lo hizo el Maestro.
Por eso es una gracia para la Iglesia esta fiesta del Corpus Christi: saliendo el Señor por las calles, nosotros los cristianos podemos mirarlo, contemplarlo y, en esa actitud, se crea en nuestra vida una nueva manera de vivir y se convierte en una escuela para la comunión. La Iglesia vive de la Eucaristía. La fiesta del Corpus Christi quiere suscitar en los cristianos y en quienes ven el paso del Señor lo que podemos llamar el asombro eucarístico. Pido al Señor que se suscite en todos este asombro, que en definitiva es la invitación a que contemplemos el rostro de Cristo. Recuerdo unas palabras del Papa Francisco: «La Eucaristía es el sacramento de la comunión; nos lleva del anonimato a la comunión, a la comunidad... nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él». Se puede ver en la Última Cena el acto con que Jesús, al instituir la Eucaristía, manifiesta en un denso resumen sus intenciones respecto a la Iglesia. La Eucaristía muestra de una manera palpable el amor del Señor que llega hasta el extremo, pues es un amor que no conoce medida. Míralo, contémplalo, pues engendra una manera de vivir nueva y educa para una manera de estar con los hombres.
Contemplar al Señor en el Misterio de la Eucaristía, su presencia real, dar culto a la Eucaristía fuera de la Misa, es un privilegio para aprender el arte de amar, el arte de la caridad. Para un cristiano que celebra y adora la Eucaristía, nada de rupturas, divisiones, cerrazones en las relaciones y la convivencia social, cultural, económica o política; pues nos compromete de lleno al servicio, al testimonio y a la solidaridad con los hermanos, es decir, a la vivencia del mandamiento del amor nuevo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado». Por eso, en este día del Corpus Christi se nos recuerde a través de la organización de Cáritas que el sacramento de la Eucaristía no se puede separar del mandamiento de la caridad. No se puede recibir el Cuerpo de Cristo y sentirse alejado de los que tienen hambre y sed, son explotados o extranjeros, están encarcelados o se encuentran enfermos. Hay que dar de lo que nos alimentamos y contemplamos. Acojamos a Cristo y vivamos de Cristo que se hace presente aquí y ahora en el Misterio de la Eucaristía.
 Amén

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